Por Ana Balbuena: https://www.linkedin.com/in/anaibalbuena/
El trabajo ocupa un lugar central en la vida adulta, sin embargo, en muchas organizaciones sigue siendo tratado únicamente como un espacio de producción y resultados, dejando en segundo plano la experiencia humana de quienes lo sostienen todos los días. El costo de esa omisión es alto: desgaste, desconexión y pérdida de sentido.
Después de años de trabajo con personas en contextos laborales, hay una constante que se repite más allá del cargo o la industria. Las personas no solo quieren cumplir objetivos; quieren entender su lugar, su impacto y el valor de lo que hacen. Cuando esas preguntas no encuentran espacio, el malestar aparece, aunque no siempre se nombre.
Ese malestar rara vez se expresa en ámbitos formales. No suele aparecer en reuniones de seguimiento ni en evaluaciones de desempeño. Surge en otros lugares: en los pasillos, al terminar una reunión, en conversaciones improvisadas que se extienden más de lo previsto. Allí, lejos del lenguaje corporativo, emergen el cansancio, la frustración y la sensación de estar sosteniendo un rol que ya no encaja.
En esos intercambios, las personas no hablan de tareas ni de indicadores, hablan de sí mismas en relación con su trabajo, de lo que duele, de lo que pesa, de lo que se sostiene a fuerza de costumbre. Muchas de esas conversaciones adquieren la profundidad de un espacio terapéutico, aun cuando no fueron pensadas para
eso.
La vulnerabilidad aparece porque no encuentra otro lugar donde alojarse.
Mi formación como licenciada en Psicología y mi experiencia en áreas de Recursos Humanos, particularmente en empresas multinacionales, me permitieron observar este fenómeno de manera sistemática. Con el tiempo, quedó claro que el bienestar en el trabajo no es un tema secundario ni “blando”, sino una variable crítica del funcionamiento organizacional. Ignorarlo no lo elimina; solo lo desplaza hacia formas más costosas.
En este contexto, la mentoría laboral se presenta no como una tendencia, sino como una necesidad. No es terapia, no es consultoría, no es liderazgo encubierto. Es un espacio profesional de acompañamiento que permite pensar el recorrido laboral, ordenar la experiencia y recuperar perspectiva en entornos cada vez más exigentes y acelerados.
La mentoría no promete soluciones rápidas ni motivación artificial. Ofrece algo más incómodo y más valioso: tiempo para pensar, para revisar decisiones, para cuestionar automatismos y para reconectar con el sentido del trabajo propio. En organizaciones que premian la velocidad, detenerse a reflexionar se vuelve un acto casi contracultural.
Hoy decido poner el foco en generar y sostener estos espacios. No como respuesta individual al malestar colectivo, sino como una forma concreta de intervenir sobre cómo se vive el trabajo. Acompañar a las personas a estar más sanas en sus roles no es un gesto de cuidado aislado; es una apuesta por organizaciones más conscientes y responsables.
Tal vez la discusión no sea cuánto más podemos exigir, sino cuánto más podemos ignorar.
Preguntas para la reflexión:
¿Quién acompaña hoy a las personas a pensar su trabajo, más allá del rendimiento?
¿Hasta cuándo seguiremos midiendo resultados sin preguntarnos por el costo humano?
Porque cuando el trabajo deja de pensarse, el desgaste no es una excepción: es la regla.


























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