Hay momentos donde el fútbol se convierte en un lazo invisible que une a todo un país. Hoy, las calles se transformaron en un pasillo de banderas tricolores, lágrimas de emoción y gargantas gastadas para despedir a nuestra delegación mundialista. El trayecto del bus desde Ypané hasta el Defensores del Chaco, previo al último amistoso en casa frente a Nicaragua, no fue un viaje más; fue una inyección descomunal de energía, esperanza e ilusión de un pueblo que vuelve a sonreír con su selección de cara al Mundial 2026.
Desde la salida del CARDE, donde una multitud de niños, jóvenes y adultos mayores montó una guardia de honor bajo los colores rojo, blanco y azul, el ambiente ya anticipaba una jornada histórica. A lo largo del recorrido, el saludo de los Bomberos de Villa Elisa sumó solemnidad, pero el punto álgido y más significativo de la tarde se vivió al ingresar al corazón de la identidad popular: el Mercado 4.
Ese rincón que supo ser la cábala resistente en las épocas más oscuras de nuestro fútbol, estalló en una verdadera fiesta de orgullo, de orgullo paraguayo. Las trabajadoras y trabajadores pausaron sus labores, los clientes olvidaron las compras y cientos de personas se fundieron en un solo grito de aliento al ver pasar a nuestros gladiadores.
Para muchos, la espera fue de horas bajo el sol; pero ese instante fue eterno. En esas miradas cruzadas se selló un pacto de entrega mutua. La Albirroja viaja al Mundial con las maletas cargadas de tácticas y preparativos, pero, por sobre todo, se va blindada por el amor incondicional de un pueblo que ya empezó a jugar su propio partido en las calles.
























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