Por Robert Marcial González
La Democracia Constitucional se edifica, se perfila, se sostiene y se justifica a partir de una serie de ficciones que cobraron fuerza con la revolución americana (1776) y la revolución francesa (1789). En la medida en que las ficciones que moldean el sistema estén manejadas y orientadas por actores políticos capaces de poner en práctica al menos algunas de las virtudes cardinales (valentía, templanza, prudencia, sabiduría) en beneficio de la sociedad, esas ficciones sirven, no tanto para alcanzar utopías, ideales o quimeras como para reducir el riesgo de que se comentan abusos, atropellos y excesos propios e inherentes al fenómeno del poder. De allí el empeño y el énfasis que ponen las Constituciones en combatir la concentración y la acumulación del poder en todas sus variantes (político, económico, mediático, fáctico, etc.).
Así, la Democracia se identifica con ficciones tales como el poder del pueblo, el gobierno de la mayoría, la soberanía estatal, la libre autodeterminación de los países, la prohibición de injerencias foráneas en asuntos internos, entre otras abstracciones elaboradas en los últimos 250 años desde las ciencias políticas, el constitucionalismo, la economía, la sociología, el derecho, etc. y defendidas por instituciones diseñadas en las Constituciones para que el poder público sea ejercido, al menos idealmente, en beneficio de la comunidad, administrando, lógicamente, las inevitables tensiones que surgen de la coexistencia de ideas y creencias divergentes en torno a los proyectos de vida buenos que cada ser humano pueda albergar, para decirlo en términos de John Rawls.
Enfrentadas a la realidad histórica (segmentada a los efectos de mis cavilaciones desde mediados del siglo 19 en adelante), esas ficciones se han mostrado más o menos eficientes para cumplir su cometido. Haciendo sumas y restas encontramos que, si bien las ficciones que sostienen la democracia no han podido evitar dos grandes guerras mundiales, las largas dictaduras que azotaron América Latina y el caribe, guerrillas, revoluciones que cambiaron unas cadenas por otras, invasiones, avance vertiginoso del terrorismo y el crimen organizado, entre otros padecimientos trágicos; sí han permitido que las sociedades progresen razonablemente en materia de libertades e inclusión y también, que incorporen herramientas para enfrentar flagelos disvaliosos reduciendo los daños colaterales y las víctimas inocentes del fuego cruzado.
Pero si las ficciones (que son exactamente eso, FICCIONES) han funcionado con relativo suceso en algunos lugares, ha sido más bien gracias a la gestión y el manejo de las personas a cargo del timón que a las justificaciones teóricas de las abstracciones y las entelequias que enamoran hasta el idiotismo adolescente a los sesudos analistas y a los cómodos burócratas que se solazan o se rasgan las vestiduras según que la orientación de los vientos coincida o no con las consignas que defienden. Mientras tanto, en paralelo, los sicopáticos amantes del poder absoluto como Maduro y Trump, se disputan gansterilmente, territorios y espacios para obtener beneficios marginales allende incluso las fronteras, buscando imponer su lógica destructiva le pese a quien le pese.
Como la realidad marca que la coyuntura actual no está siendo gestionada por los Robert Schuman, los Konrad Adenauer, los Jean Monnet o los Winston Churchill sino por los Trump, los Maduro, los Daniel Ortega, los Javier Milei, los Pedro Sánchez, los Gustavo Petro o los Nayib Bukele por citar algunos gobernantes oficialistas que tienen a sus gemelos políticos en las respectivas “oposiciones” de sus países, conviene que la sociedad civil intente aproximarse al fenómeno desde un lugar distinto al que proponen los bandos que marcan y condicionan la agenda pública pues, todo indica que estamos asistiendo a la culminación de una era que, con marchas y contramarchas, estuvo regida por la convivencia democrática.
La reciente captura o secuestro (según la lectura que den libremente los esclavos de la consigna de uno u otro bando) de Nicolás Maduro, demuestra que la realidad acaba de asestar el golpe de gracia a las ficciones democráticas que ya pendían de un hilo (o que estaban atadas con un alambre como decimos en Paraguay). Las ficciones democráticas que gozaron de relativa buena salud en el mundo occidental desde el año 1948 hasta más menos el año 2012, han sido desbordadas, como muchas veces en la historia de la humanidad, por quienes reducen la vida al ejercicio omnímodo del poder (político, económico, mediático, etc) al amparo de la mirada torpe y del ego desmedido de los burócratas que, aunque en una escala distinta, están motorizados por las mismas ansias de poder y el afán de protagonismo vedettista que distingue a los verdugos de la democracia.
Lo ocurrido en Venezuela, pareciera que extiende el certificado de defunción a un sistema político como la democracia constitucional que se fue desmantelando paulatinamente desde adentro por obra de bienintencionados burócratas que no han hecho otra cosa más que utilizar el sistema como caballo de Troya para canalizar sus delirios utópicos. Sociedades polarizadas, guerras por doquier, crimen organizado avanzando campantemente, narco política, acumulación desmedida de riquezas, incapacidad para generar inclusión genuina en las sociedades, etc., marcan, inequívocamente, que las ficciones democráticas ya no sirven ni funcionan como dique de contención a los impulsos autoritarios de quienes consideran que el poder debe ser ejercido sin cortapisas y sin filtros para favorecer los intereses de sus aliados comerciales o para impedir el avance estratégico de los enemigos comerciales. El amplio respaldo popular que reciben líderes sicopáticos como Trump, Maduro y otros, corrobora lo afirmado.
¿Qué hacer frente a esa realidad? Personalmente, entiendo que el gran desafío pasa no solo por reconstruir los diques que han sido desbordados sino por encontrar nuevas fórmulas (pero no solo nuevas ficciones) capaces de encarar la difícil misión de limitar al poder pero sin que el poder quede atado de manos.
¿Cómo se logra eso? Si bien no existen fórmulas mágicas, las personas que reconstruyeron Europa después de la segunda guerra mundial mostraron que, con voluntad política, creatividad e innovación, se pueden gestar soluciones que no dependan de una o de muy pocas personas sino del esfuerzo de las mejores personas de una sociedad entendiendo por “mejores personas” a quienes sean capaces de cultivar las virtudes cardinales con esfuerzo, trabajo y compromiso y no tanto a quienes ostentamos el cada vez más dudoso privilegio de haber pasado por aulas de Universidades dogmáticas, cerradas, chatas y funcionales que están más cerca del adoctrinamiento y la alienación que de la formación de ciudadanos con pensamiento crítico.
El primer paso, podría ser, se me ocurre, que se advierta que la crítica ecuación coyuntural que afecta a las democracias occidentales, no está integrada únicamente por los que están a favor o los que están en contra de las múltiples causas instaladas (pro o anti Trump, pro o anti Maduro, pro o anti Putin, pro o anti China, pro o anti migrantes, etc.) sino también, por aquellas personas que conforman espacios institucionales desde los cuales, en vez de proyectar prudencia y buen juicio, radicalizan posturas sesgadas que terminan minando la credibilidad de la misma democracia que dicen defender; y, lo que es peor, desde donde terminan alentando los excesos y los desbordes de grupos de poder que no están dispuestos a permitir que burócratas ensimismados acostumbrados a vivir de presupuestos sostenidos por dinero público o por mecenas interesados, monopolicen el juego o las reglas del juego para interpretarlas o torcerlas a discreción.
Como nunca, advertimos hoy que la medida de la soberanía estatal o de la dignidad de los gobiernos, no se sostiene sobre las ficciones grandilocuentes teorizadas con mayor o menor lucidez o con mayor o menor interés o conveniencia burocrática desde distintos nichos, sino que está dada por el capricho, la voluntad, el interés o los antojos del poder real, ese que concentra poder político y poder económico y que, cuando lo considera, da el zarpazo impunemente aprovechando la fascinación de los unos y la falta de lucidez de los otros.
Por aquello de que en cualquier momento la tortilla puede dar vuelta, bien harían los defensores de Maduro y su particular “democracia a medida”, en moderar su indignación ante lo sucedido. Después de todo, ¿por qué piensan que el autoproclamado heredero libertador, cuando la historia le dio la oportunidad de demostrar que estaba genuinamente dispuesto a desafiar al imperio a cualquier precio, no tuvo la dignidad o el coraje de quitarse la vida para estar a la altura de su prédica? ¿Por qué piensan que Maduro prefirió ser exhibido como el payaso de feria que es, antes que ganarse un lugar digno en los anales de la posteridad como lo hicieron los grandes próceres a los que los tiranuelos como él evocan de la boca para afuera con tanta ligereza?
Por el mismo motivo y ya del otro lado, no obrarían menos bien los fanáticos apologistas de Trump si recuerdan que el imperio no tiene amigos sino aliados circunstanciales a quienes desechará sin ruborizarse si así lo requiere la agenda de poder real…Pregúntenle si no, a Manuel Noriega, a Augusto Pinochet o a Alfredo Stroessner por citar solo a tres crápulas que se sintieron amigos del imperio hasta que el imperio reorientó sus prioridades y les ubicó en su exacto lugar desechándolos como papel higiénico usado.
En el año 1869, en las postrimerías del genocidio orquestado por el poder político y económico de los países aliados (Brasil, Argentina y Uruguay), el Paraguay vivió una situación análoga a la que hoy padece Venezuela. Al decir de los invasores de aquel tiempo, nos liberaron de un tirano y, además de hacernos pagar la deuda y los costos eternos de la invasión espuria, se hicieron cargo de una larga transición política y económica que depredó y empobreció al Paraguay de manera tan vil que, aún hoy, seguimos arrastrando las graves secuelas que, en todos los órdenes individuales y colectivos, representó aquella invasión disque liberadora. Paraguay, es un país rico, que hoy no logra superar el raquitismo derivado del saqueo y la expoliación de nuestros “libertadores”…
La historia, como en tantas pero tantas ocasiones, se repite con cada vez menos matices…Mi solidaridad con los venezolanos, con todos los venezolanos que ahora, como ocurre en el Paraguay desde hace 155 años, enfrentarán una larguísima y oscura noche producto, también, de su propia incapacidad para articular una comunidad basada en algunos pocos valores compartidos que deben ponerse en práctica para generar lazos de afecto (affectio societatis) que posibiliten la coexistencia pacífica y el desarrollo más allá de las legítimas, inevitables y saludables diferencias inherentes a la convivencia y propias de nuestra humana condición.


























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