Jesús Domínguez avanza por la sierra de Guerrero armado con un AK-47 y una granada, junto a un grupo de autodefensa que patrulla comunidades rurales frente a los cárteles. Como ellos, decenas de civiles se han organizado en la última década ante la ausencia de las autoridades.
Su grupo, de unos 50 hombres, surgió en 2020 para frenar el avance de La Nueva Familia Michoacana, que buscaba controlar rutas clave hacia Acapulco. Tras meses de violencia y desplazamientos, los pobladores se rearmaron cuando el cártel regresó con más fuerza, drones y laboratorios de droga.
Hoy vigilan desde las montañas a sicarios cercanos, decididos a no ceder territorio ni someterse. En Guerrero, donde operan múltiples cárteles y bandas, el conflicto se ha vuelto cada vez más fragmentado y difícil de contener.
«Prácticamente no existimos para el gobierno. Es imposible que nuestras armas compitan con las de ellos (las de los cárteles)», afirmó Domínguez, de 34 años, desde un puesto de vigilancia con vista a las montañas del estado de Guerrero. «Ellos vienen con demasiado poder. Entonces, si tú no contestas con poder, pues no, te ahogas».
El grupo de autodefensas se formó en 2020, cuando el cártel La Nueva Familia Michoacana intentó tomar el control de siete comunidades en las montañas, a lo largo de una vía estratégica hacia la ciudad portuaria de Acapulco, donde transitan drogas y otros bienes ilegales. Los residentes denunciaron que el cártel comenzó a talar ilegalmente en sus tierras e intentó obligarlos a unirse a combates contra grupos rivales.
Ante la ausencia del Ejército y la policía, los habitantes decidieron armarse. Durante casi un año, se prolongaron los tiroteos esporádicos, y muchos residentes huyeron a pie, llevando poco más que la ropa que vestían. Las comunidades de 1.600 personas se redujeron a apenas 400.
Tras una pausa en el conflicto, las autodefensas se rearmaron en octubre cuando el cártel volvió a avanzar sobre su territorio, instalando laboratorios de fentanilo y vigilándolos con drones, según el líder del grupo, Javier Hernández. Actualmente, los hombres protegen sus pueblos desde posiciones en la montaña, observando a 100 pistoleros del cártel acampados a pocos kilómetros, también equipados con drones.
«No queremos pertenecer a sus filas y no queremos ceder el territorio», enfatizó Hernández. «No queremos estar en esclavitud bajo ningún cártel».
Fuente: AP News























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