El gobierno de Donald Trump concretó un nuevo movimiento de fuerza en la región con la llegada del portaaviones de propulsión nuclear USS Nimitz y su grupo de ataque al sur del mar Caribe.
El despliegue de la embarcación militar coincide de forma exacta con la ofensiva judicial lanzada por el Departamento de Justicia estadounidense, que imputó formalmente al histórico dirigente cubano Raúl Castro, de 94 años, por el derribo de dos avionetas de la organización de exiliados Hermanos al Rescate en 1996.
El Nimitz llegó escoltado por el destructor Gridley y el buque de abastecimiento Patuxent, equipados con aviones caza y un alto poder de combate. Aunque funcionarios norteamericanos aclararon que por el momento no se planifica una intervención militar a gran escala dentro de la isla, el Comando Sur de los Estados Unidos celebró el arribo de la flota en sus redes sociales, destacando que el grupo de ataque representa una ventaja estratégica inigualable para la defensa de la democracia.
Este movimiento evoca el despliegue naval que Washington mantuvo hace unos meses en la misma zona con el portaaviones Gerald Ford, una movilización que terminó con la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro en enero pasado. Actualmente, Cuba atraviesa una crisis económica extrema, agravada por el corte del suministro de petróleo tras los sucesos en Venezuela y por un embargo energético impuesto por la Casa Blanca, que sanciona a los países que provean combustible a la isla.
Por su parte, el mandatario estadounidense minimizó la posibilidad de una escalada bélica directa al asegurar que la situación interna del país caribeño es un desastre y que el régimen está perdiendo el control. En una línea similar, el secretario de Estado, Marco Rubio, lanzó un duro mensaje condicionado al gobierno cubano, ofreciendo establecer una nueva relación bilateral con Washington únicamente si La Habana implementa reformas profundas en su economía y convoca a elecciones libres.





















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