El trágico e impactante caso de Roselín, la adolescente de 14 años trasladada mediante engaños y víctima de un cruento crimen premeditado, ha vuelto a encender las alarmas sobre las dinámicas de violencia de género y control en las relaciones interpersonales. Más allá de las investigaciones que lidera el Ministerio Público, el patrón de conducta exhibido por el principal imputado —un joven de 21 años— plantea interrogantes fundamentales sobre la estructura psicológica que sustenta este tipo de hechos.
De acuerdo con las precisiones brindadas por la psicóloga clínica y jurídica Alma Segovia, el análisis de los hechos documentados por la prensa y la Fiscalía permite trazar una lectura psicológico-forense sobre la conducta del acusado, advirtiendo que no se trata de un peritaje formal —el cual requeriría evaluación directa y acceso completo al expediente judicial— y respetando el principio de presunción de inocencia.
Reconstrucción de la trama y premeditación
Los antecedentes del caso señalan que el imputado principal (21 años) mantenía un vínculo sentimental con una adolescente de 16 años. Según la hipótesis fiscal, el crimen no respondió a un arrebato ciego ni espontáneo, sino a una estrategia premeditada en la que intervino también otro menor de 16 años, cuyos celos e impulsos habrían operado como catalizador.
Mediante engaños, Roselín (14 años) fue captada y trasladada hasta el sitio donde se perpetró el ataque. Posteriormente, durante las horas críticas de la desaparición, el imputado sostuvo de manera coordinada una coartada falsa ante los investigadores y familiares, logrando desviar temporalmente el foco de la búsqueda inicial.
Cuatro rasgos de la conducta criminal
A partir de los elementos procesales, la Psic. Alma Segovia desglosa cuatro rasgos psicológico-forenses clave en el accionar del agresor:
- Violencia instrumental con disparador reactivo:Existe una articulación entre un detonante emocional (conflicto o rechazo vincular) y una logística organizada. El agresor no actúa bajo un simple descontrol: elige el lugar, planifica el traslado y coordina la participación de terceros. El impulso inicial activa una decisión ejecutada de forma fría y pragmática.
- Liderazgo situacional e instrumentalización de menores:La capacidad de convocar y coordinar a dos adolescentes para participar en la logística y el traslado de la víctima denota ascendencia interpersonal y una ausencia de inhibición moral al involucrar a personas vulnerables. Este comportamiento refleja una marcada baja empatía situacional.
- Frialdad afectiva posterior al hecho:El mantenimiento prolongado de una coartada falsa en medio del operativo de búsqueda demuestra una elevada capacidad de autocontrol y manipulación bajo presión. En psicología forense, este rasgo se distancia del arrebato pasional y resulta más afín a perfiles con rasgos antisociales o narcisistas.
- Posesividad vincular ampliada:Un aspecto central del caso es que, aunque Roselín no era pareja directa del imputado, el hecho se inscribe dentro de un patrón de dominio sobre el entorno social de su expareja. La literatura especializada define este fenómeno como «violencia posesiva ampliada», donde el agresor busca someter y liquidar el círculo de amistades, testigos o posibles rivales del objeto de su control.
Prevención: Señales de alerta temprana
Como reflexión final dirigida a las familias y a la comunidad, la especialista enfatiza la importancia de detectar indicadores de riesgo antes de que escalen a desenlaces fatales:
- Control del entorno social: Fiscalización constante de las amistades y relaciones de la pareja.
- Aislamiento paulatino: Estrategia progresiva para desconectar a la persona de sus redes de apoyo familiar y afectivo.
- Brecha etaria asimétrica: Vínculos de pareja entre adultos jóvenes y menores de edad donde existan relaciones de poder desiguales.
- Terceros como facilitadores: Utilización de pares o amigos que validan o ayudan a ejecutar conductas de acoso y control.






















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