El exfutbolista camerunés Kenneth Nju, plenamente adaptado y radicado en Paraguay desde hace más de 25 años, ofreció una mirada crítica, ácida y sumamente reveladora sobre el presente del fútbol local. En entrevista a Piso 19, el exjugador contrastó el estado de forma física y el nivel de compromiso de los planteles históricos con la «comodidad» en la que, según afirma, se mueven los profesionales en la actualidad.
Al contemplar una icónica fotografía de un plantel clásico de Cerro Porteño, Nju no ocultó la nostalgia y el respeto hacia la disciplina de antaño.
«Si me piden sacrificar algo, puedo sacrificar mis dedos para volver a tener 25 años y volver a jugar al fútbol», expresó Nju.
Sin embargo, su tono cambió drásticamente al analizar el biotipo actual del deportista local. «Ahora es increíble, los jugadores no se cuidan. Están gorditos. No puede ser un jugador de Primera de Cerro Porteño…Se ve, hay muchos, y toman todos los días», aseveró sin rodeos Nju.
Al ser consultado sobre cómo un espectador puede notar estas carencias físicas a través de la televisión, Nju aseguró que la falta de preparación salta a la vista con el solo hecho de ver caminar a un jugador tras apenas 15 minutos en el campo.
«Acá en Paraguay hay un factor al que yo le puse nombre: el ‘miedo al cansancio’. Los jugadores tienen miedo de cansarse y por eso no se entregan al máximo desde los primeros minutos. Están ahorrando energía para poder terminar los 90», describió Nju.
De acuerdo con su visión, esta regulación excesiva e inconsciente provoca que los deportistas completen partidos discretos, rindiendo de forma aceptable solo en lapsos de 45 minutos.
«Si fuesen personas que se cuidan y entrenan a fondo, rendirían al 200 por ciento», concluyó el exfutbolista camerunés.
Para el camerunés, uno de los mayores vicios que frenan el desarrollo deportivo en el país es la falta de profundidad en los planteles de Primera División, lo que fomenta el conformismo entre los futbolistas titulares.
«Los equipos no se procuran a tener 24 buenos jugadores o dos por puesto. Por eso el titular se siente solo, nadie le amenaza y entonces puede hacer cualquier cosa».
Según describe, basta con un golpe de fortuna para que el rigor se desvanezca. «El día que juegan más o menos bien, meten un gol de suerte y al día siguiente ya no van a la práctica porque ya se sienten ídolos. Empiezan con que ‘me duele acá, me duele allá’ y a llorar», sentenció.























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